jueves, 19 de enero de 2017

La unidad de la izquierda



Hay asuntos en esto de la política que son categorías aceptadas universalmente y que nadie pretende cambiar. El más destacado es sin duda aquello de que, para lograr sus objetivos, la izquierda debe unirse. Pero no es menos destacado en eso de las verdades universales que la izquierda no puede ni ha podido ni podrá nunca unirse. Una paradoja desgraciada que se toma con resignación.
Desde los primeros pensadores que podríamos llamar de izquierda, aquellos que toman conciencia de la explotación del hombre por el hombre y pretenden una sociedad que supere ese estadio, la izquierda ha estado dividida. Unas veces la división está basada en el procedimiento propuesto para alcanzar la nueva sociedad. Otras, en el diseño de esa nueva sociedad. Siempre hay una gran división según la prisa que se tenga por alcanzar los objetivos. Y, desde luego, la gran división es la que separa a los que se conforman con pasos intermedios de momento y los que quieren el todo o nada.
Es el drama del pensamiento de izquierda, nunca se podrá conseguir la unidad. La división parece ser inherente a la izquierda desde sus orígenes.
Pero no se trata de una división de criterio sin más. Se ha llegado al enfrentamiento a muerte. Los comunistas han eliminado literalmente a los anarquistas en muchos momentos y lugares; los radicales de cualquier tendencia han considerado traidores a los demás y los han considerado enemigos. Si es verdad la máxima divide ut regnes, divide para dominar, entonces los adversarios del pensamiento de izquierda pueden estar tranquilos. Su victoria está asegurada por los siglos de los siglos. Y de momento, todo lleva a pensar que es así.
El origen de esta división perpetua y ubicua está en la propia naturaleza de la izquierda. El pensamiento de izquierda es necesariamente un pensamiento crítico, una mirada activa sobre la realidad, lejos del conformismo y de la aceptación. Para llegar al pensamiento de izquierda hay que hacer un viaje, no vale quedarse donde a uno lo han colocado. Esta característica, la necesidad de una visión crítica de la realidad, hace que inexorablemente se llegue a visiones subjetivas, individuales. Habrá tantos puntos de vista como sujetos apliquen su pensamiento crítico a una sola realidad. El pensamiento crítico es la esencia del pensamiento de izquierda, pues una posición acrítica y conformista nunca verá la necesidad de cambiar la sociedad, sino que aceptará la realidad como lo único posible. Esa es una de las claves de la derecha, la aceptación de la realidad como un dogma: toda la vida ha sido así, hay que ser realista, la realidad es tozuda, el mundo no se cambia con las ideas, etc. Cuando se parte de posiciones acríticas y conformistas, no hay viaje, hay adaptación individual al mundo que nos rodea. Esa aceptación es el pensamiento de la derecha. Y puesto que todos aceptan la realidad y los únicos cambios que se admiten son las distintas maneras de adaptarse a esa realidad, es fácil establecer amplias zonas comunes y actuaciones únicas. Por eso la derecha está siempre unida, aunque individualmente se tengan intereses dispares, incluso contrapuestos a veces. Les une una visión común del mundo. La realidad manda y solo hay una realidad, así que mantengámosla y dejemos que evolucione por sí sola, ya se irá adaptando cada individuo.
En la izquierda, la subjetividad es la nota característica. Y la alternativa es que se tome una cosmovisión revolucionaria única. Pero eso lleva siempre al dogmatismo, al sectarismo, a la verdad incontestable. Ahí están los que proponen un credo izquierdista, un diseño de la nueva sociedad único, un procedimiento único. Estos nunca aceptan la crítica a su postura porque la ven como una traición a la nueva sociedad. Sin duda son las posturas más peligrosas de todas, las más nocivas. Son estas posturas dogmáticas las que históricamente han armado con generosidad las reservas argumentales de la derecha, porque siempre han acabado en fracaso, cuando no en masacres, en destrucción masiva, en retrocesos sociales de décadas o de siglos. Hay ejemplos por todas partes, en cada continente. Una visión dogmática unitaria puede llegar a instalarse en el poder, pero solo en forma de dictadura sangrienta y represora. ¿Para qué ha servido entonces tanto pensamiento crítico y tanta visión comprometida? Las dictaduras que se pretenden establecer la nueva sociedad (un modelo concreto de nueva sociedad) siempre han acabado en desgracia y la gente a la que se quería liberar de la explotación ha acabado siempre con esas dictaduras y ha vuelto a las posiciones conformistas, que al menos no castigan a los individuos con la cárcel o con la muerte. Es preferible la desunión, sin duda.
Pero esta desunión esencial y necesaria, ¿impide también necesariamente el logro de los objetivos? Ahí es donde me rebelo contra esa resignación. No puede ser que la división en la cosmovisión crítica nos lleve inexorablemente a no hablarnos, a pelearnos siempre. Es verdad, hay que reconocerlo, que la unidad de la izquierda es imposible. Al menos en los presupuestos teóricos de partida. Pero la izquierda tiene que encontrar puntos de contacto, zonas comunes. Por pocas que sean, por pequeñas que parezcan, son esos objetivos comunes los únicos que se pueden lograr. Un ejemplo son las plataformas o las organizaciónes que tienen un tema concreto de acción: la lucha contra la explotación bancaria a través de las hipotecas, por ejemplo, dio lugar en España a la PAH (Plataforma de afectados por las hipotecas). En las asambleas de esas plataformas puede haber radicales, moderados, socialistas, comunistas, anarquistas, socialdemócratas. Todos dejan de lado la diferencia, que reconocen, para ponerse de acuerdo en objetivos concretos comunes compartidos.
Esa es la única posibilidad de unidad de la izquierda. Habrá que seguir con ese patrón, que sin duda dará éxitos a los movimientos izquierdistas. Las luchas concretas que se planteen serán difíciles y muchas veces muy duras, pero siempre habrá una posibilidad real de lograr el objetivo planteado. Poniendo la acción en un objetivo concreto en cada caso está claro que no se alcanzará la nueva sociedad en una generación, pero se habrá dado un paso en esa dirección. Y cuando se trabaja así, se sabe que los compañeros no piensan todos igual en muchas cosas. Incluso serán rivales en unas elecciones. Pero se trabaja unido.
La izquierda no está dividia, es dividida. La unidad de la izquierda solo se conseguirá estableciendo zonas comunes concretas, olvidando los grandes temas. Esos grandes temas sirven subjetivamente, individualmente, pero no sirven colectivamente.

jueves, 12 de enero de 2017

Ricos de izquierdas

Muchas veces hemos oído eso de que no se puede ser rico si se es de izquierda. O al revés, no se puede ser de izquierda si se es rico. Lo dicen habitualmente personas que están en la derecha, y lo dicen para criticar al adversario político.
Caben matices, claro está. ¿Cuánto de rico puede llegar a ser uno sin tener que dejar de ser de izquierda? ¿O cuánto de izquierda está permitido ser según cada tramo de renta? Las preguntas no son irónicas, son de verdad. En el brochazo gordo de la crítica a la izquierda vale siempre todo, especialmente ahora que los de derechas andan desaforadamente orgullosos de serlo. El comentario se basa casi siempre en un supuesto desenmascaramiento de alguien. Si ese alguien dice algún comentario apoyado en los postulados de la izquierda, es más fácil rebatir a la persona que rebatir la idea. Se dice que quien ha hecho la afirmación es rico y asunto liquidado: lo afirmado es inválido, es falso, es pura mentira. El recurso más fácil y más falaz, atacar ad hominem para no tener que esforzarse ni en comprender el argumento ni en encontrar argumentos contrarios.
Pero dejemos eso, vayamos al fondo de la crítica. Eso de enlazar la renta de uno con sus posibilidades en el pensamiento político debería tener una consecuencia inmediata: no se puede ser de derecha si se es pobre. Pero eso nunca se dice, al contrario, se usa como firme argumento para ensalzar cualquier idea derechista. Los pobres incluso la apoyan. Un pobre de derechas, según ellos, es una persona inteligente, que no se ha dejado engañar, que tiene un pensamiento crítico. El rico de izquierda es un embustero, un actor, un falsificador.
Todo esto tiene que ver con la actitud que está ahora tan de moda de denostar las ideologías. Se dice que son algo del pasado, ya superado (aunque no se dice qué las ha superado, qué es lo nuevo que ha sustituido a las ideologías). Se dice que los políticos no tienen ideología y que sirven a intereses económicos propios o de amigos cercanos. Se dice que las ideologías solo han traído desgracias a los hombres, guerras, enfrentamientos y miseria. Pues ya habrá que ir denuciando que la simple afirmación de que las ideologías han sido superadas es por sí misma la base de una ideología. Se trata de acabar con el rival negando su existencia. Quien se crea que no hay ya ideologías, no escogerá una u otra, no indagará, leerá, no estudiará, no intentará descubrir cuál es la más justa, la que más le gusta. Simplemente aceptará que la verdad es lo que le cuentan, sin más crítica. Asunto zanjado: todos compartimos la misma manera de pensar. Las diferencias son solo gustos musicales, preferencias a la hora de comprar, elección de una disciplina deportiva u otra, afición a un equipo o a otro. Por lo demás, en lo referente a cómo debe ordenarse la sociedad, qué valores deben inspirar a la sociedad, cómo aceptamos la desigualdad, cómo intentamos el reparto equitativo de los bienes materiales, todo eso no es significativo.
Pero yo me niego a admitir que no haya ideologías. Es cierto que las ideologías evolucionan y que no se puede ser hoy comunista con los mismos postulados de hace 60 años. Tampoco se puede ser fascista como lo fueron hace 60 años. Pero adaptando esos postulados a la realidad presente, sí habrá diferencias ideológicas y es bueno que las haya, porque así seguirá habiendo una crítica permanente a lo establecido y se seguirá luchando por un ideal de justicia.
Afirmar que una persona con un nivel de renta alto no puede ser de izquierda presupone que esa persona, por ser rico, no puede aceptar una ideología. No es cierto. Cualquiera puede estar dispuesto a renunciar  a parte de lo que tiene si eso contribuye al acercamiento a su ideal de justicia. No todos los ricos son explotadores o defraudadores. No todos intentan perpetuar la pobreza del otro. Por supuesto que cualquiera puede hacer suya una ideología izquierdista, aceptando el reparto de la riqueza y la igualdad material entre seres humanos, sea cual sea su nivel de renta. Y por supuesto que puede ocurrir lo contrario, y uno con dificultades económicas puede entender que los valores sociales y políticos que más le gustan son los de la derecha, la igualdad formal de oportunidades de inicio sin contar con los privilegios, el ahorro de impuestos para que cada uno escoja sus servicios sociales, el beneficio privado como motor de progreso.

Si no hubiera ideologías, nada de eso sería posible. Pero hay ideologías, incluida la que postula que no hay ya ideologías, y hay pobres de derechas y ricos de izquierdas. Pese a quien pese.